martes, 8 de abril de 2008

"CUERPOS 7" por Darío Yancán


La decadencia del coito
por Luis Frontera


Es sabido que los humanos, en los últimos miles de años, no lograron inventar nada en materia sexual. El último cambio coital cualitativo y digno de ser mencionado sucedió en la Prehistoria, y su protagonista resultó ser la mujer. Aquel momento fue bien expuesto por la película “La guerra del fuego”, de Jean Jacques Annaud, basada en la novela de Rosny Ainé.

Asesorada por estudiosos del pasado, la historia narró de qué manera, en el Paleolítico, sobre una tierra de acechanzas y bajo un cielo de lunas color sangre, la hembra humana produjo un hecho al que no se había atrevido la de ninguna otra especie: se dio vuelta y se acomodó frente al macho para la consumación del coito. El apareamiento, que hasta entonces había sido por detrás, a través de la introducción del pene en la vagina (“more ferarum”: como las fieras) pasó a ser cara a cara, permitiendo el abrazo mutuo, la mirada y el nacimiento del lenguaje verbal.

Si hay que creerle a la etnología, fue a partir de esa instancia que se produjeron algunos cambios corporales: crecieron, por ejemplo, los pechos femeninos, con el sólo propósito de convocar los homenajes eróticos del varón. Tal como sucede con otros simios hembras, las mamas, para cumplir con la función lactante, bien podrían haber conservado su antiguo tamaño, no superior al de una nuez.

Aquella transformación vino también a sugerir que el amor (excitación sexual o afecto), al expresarse a través de la mirada, de la temperatura corporal (“estar caliente”), de la boca y del lenguaje, sería un fenómeno particular de los mamíferos.

Ivonne Bordelois recuerda, al respecto, que en distintos idiomas (quechua o latín), para pronunciar la “m” de “mamá”, hay que adelantar los labios en un gesto que se asocia al acercamiento de la boca del niño al pezón materno. Y Claude Levy-Strauss llegó a proponer que el de los derechos humanos es un tema que sólo podía surgir entre mamíferos.

Mientras en los otros primates la sexualidad permaneció ligada a las épocas de celo, entre los humanos, por el contrario, se convirtió en permanente e intensa. Y lo hizo a tal punto que, a diferencia de lo que sucede en otras especies, la unión de la vagina y el pene entre dos humanos y con el propósito exclusivo de la reproducción, nunca llegó a expresar en toda su extensión el concepto de sexualidad (los genitales no son las únicas zonas erógenas de las personas).

Ochenta mil años después de aquel desgarrón antropológico señalado en “La guerra del fuego”, la cópula tradicional, en el comienzo del tercer milenio, y más allá de las fantasías mediáticas, se encuentra en franca decrepitud. No sólo sucede que otras partes de la anatomía asumen cada vez más el papel de los genitales, sino que también se usan objetos que los suplantan. Y, por otra parte, con el acto sexual consumado por teléfono o por Internet, se ha llegado, inclusive, a descartar el contacto cuerpo a cuerpo.

Cada vez son más las relaciones sexuales que prescinden de la supremacía de la vagina y del pene y que promueven otras zonas corporales. Y es evidente que así las realizaron, tradicionalmente y entre muchos otros, los homosexuales, las lesbianas, los partidarios de la fellatio o los masturbadores típicos.

Sigmund Freud, al principio del siglo XX, preocupado por estos cambios, pensaba que la vida sexual del ser civilizado estaba gravemente lesionada y que parecía ser una función en estado de involución, tal como sucedía con el vigor de los dientes y de los cabellos. Y así lo escribía en “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”, en un mensaje que hoy podría considerarse desmesurado:

“… otras partes del cuerpo de mujeres y varones asumen el papel de los genitales y estas prácticas no pueden juzgarse inofensivas; son éticamente reprobables, pues así los vínculos de amor entre dos humanos dejan de ser un asunto serio y se los rebaja a la condición de un cómodo juego sin riesgos ni participación anímica”.

Pero, hablando del amor, debe recordarse que fue también una mujer —Diotima, en “El Banquete”—, la que, de manera casi maternal, le dictó a Platón por boca de Sócrates la esencia espiritual de la pasión; fue aquella matrona, maestra de filósofos, la que proveyó el “daímon”, es decir, la síntesis espiritual sobre la que reposa el destino del amor en Occidente.


La cópula


Es uno de los hechos más fantásticos, sencillos y menos estudiados. A tal punto que, en la Argentina, los más importantes diccionarios de fisiología humana han llegado a no registrar la palabra “orgasmo”. Al respecto, en un breve repaso, puede recordarse que Bill Masters y Gine Johnson fueron, en los Estados Unidos, algunos de los que empezaron a estudiar ‘in situ’al coito”.

Continuadores de Alfred Kinsey, resultaron ser ellos quienes llevaron las relaciones sexuales humanas al laboratorio, cosa que a nadie se le había ocurrido: antes se habían tomado radiografías durante la digestión o se había estudiado el contenido de azúcar en la orina, pero ellos se atrevieron a estudiar los genitales de varones y mujeres durante la excitación sexual.

En sólo diez años, observaron, midieron y cartografiaron unos 14.000 actos sexuales en un laboratorio preparado para tal fin. Crearon, por ejemplo, un instrumento de plástico transparente, en forma de pene, que contenía una luz y una minúscula cámara, y que permitió observar, por primera vez, lo que ocurre en el interior de la vagina durante una penetración.

Y entonces demostraron, o creyeron hacerlo, que las mujeres pueden gozar del sexo tanto como los hombres, afirmación que, cinco siglos antes de Cristo, ya había emitido Sófocles por boca de Tiresias, sin recurrir a maquinaria alguna para estudiar el orgasmo.

El señalamiento de Master y Johnson sobre la sensibilidad del tercio externo de la vagina contribuyó, sin duda, a cuestionar la supremacía del gran pene erecto. Porque si la sensibilidad femenina estaba a flor de piel, para qué iba a ser necesario penetrar hasta el lugar menos sensible.

Este dúo de sufragistas coitales, además, se caracterizó por un formidable sentido del humor. Cuando les preguntaron sobre qué valor le otorgaban al tamaño del pene, respondieron “que el conejo salga de la galera, depende de la habilidad del mago y no del tamaño de la varita”.

Frases como esta, provocaron otras más fuertes en los años 70. Érica Jong, en “Miedo de volar”, escribió: “Hay algo más acerbo que una mujer liberada frente a un pene fláccido, el último defensor del sexo, abatido; el pene convertido en cabeza atómica que se destruye a sí mismo”.

De todas maneras, y mujer al fin, la novelista, al referirse a una actitud cariñosa de su compañero, escribió más adelante una frase que en cierta forma invalidó la anterior: “Su pene fláccido había penetrado muy profundo, donde con el miembro erecto jamás habría llegado”.

La importancia orgásmica del tercio externo de la vagina vino a destruir otros dos mitos: 1.º) Que las mujeres se masturben introduciendo en sus genitales cualquier objeto. 2.º) Que las lesbianas precisen penes artificiales para sus relaciones sexuales (lo último que puede querer una lesbiana de su compañera es un pene; lo que puede desear de ella, justamente y por el contrario, es ese aura, esa conducta llamada feminidad).

Pero así como en 1953 el Informe Kinsey había asegurado que para la mayoría de las mujeres el contacto oral genital era anormal y perverso, treinta años después, la encuesta de Sandra Kahn, sobre una población similar, proclamaba que las actividades preferidas por muchas norteamericanas eran el “cunnilingus” y (aunque no se concretase) el deseo de participar en una trisomía (relación sexual entre una mujer y dos varones).



En cuanto a los argentinos y sus variables sexuales, una encuesta realizada por quien escribe (“Argentina: país hiv”, Galerna, 1995) a propósito del sida, permitió consultar en forma personal o grupal, voluntariamente y en privado, a 3.000 personas de todo el país. En aquel trabajo, 1.035 entrevistados (722 varones y 313 mujeres) admitieron que se masturbaban en forma habitual y 532 (363 varones y 169 mujeres) dijeron que practicaban asiduamente el coito anal.

Otra muestra, realizada a principios de los 90 con la licenciada María Luisa Lerer, relevando a cien mujeres que contestaban voluntariamente y en privado, indicó que 70% se masturbaba habitualmente, tuviese o no una pareja masculina y estable. Una minoría también reconoció que solía masturbarse durante la relación sexual con el varón. Si bien un 13% de las mujeres decía no haber logrado nunca un orgasmo, muchas otras que sí lo alcanzaban admitían que podían sentirse bien en una relación sexual sin orgasmo, siempre y cuando no fuera siempre así.


El goce


Es probable que Masters y Johnson, con sus experimentos localizados en los genitales, hayan realimentado una vieja ilusión que supone al cuerpo humano como hecho de piezas, pedazos o trozos aislados (ficción reactualizada por la cirugía y por ciertos transplantes). Ese criterio, como el de creer que el pene o la vagina tienen una existencia autónoma, olvida que una persona es más que la suma de sus órganos y que ninguna maquinaria puede registrar la organización de las fantasías que mueven al deseo y a la conducta sexual.

La sexualidad humana posee una connotación psíquica que no tiene por qué coincidir con las terminaciones nerviosas. Cualquiera que haya visto “Regreso sin gloria” recordará de qué manera el protagonista, insensible de la cintura para abajo, se satisface sexual y mutuamente con la mujer que desea.

Sucede que el cuerpo humano no es puramente anatómico, ni innato ni se encuentra solamente determinado por la biología. Al nacer las personas en un universo simbólico caracterizado por el habla, están alterando de por sí lo que era el orden instintivo y natural.

Contrariamente al hombre y al no estar bañados por el lenguaje, los animales no conocen las perversiones: no hay gatos fetichistas ni perros voyeuristas. Podría uno suponer que también las abejas tienen un lenguaje. Pero, al respecto, existe un chiste del argentino Oscar Masotta: “¿Han visto, alguna vez, a una abeja que haga un chiste y envíe a sus compañeras en dirección equivocada?”.

En este punto, conviene separar dos cuestiones. Una cosa es el placer y la otra, el goce. Lo primero, como en el caso de comer o beber, puede relacionarse con algo bien somático y real. Pero el goce, por el contrario, se consuma con objetos imaginarios y en relaciones fantasmagóricas: el bebé que goza al chuparse un dedo, seguramente, mientras lo hace, está activando una huella mnémica que lo remite al pezón materno, tibio y nutricio.

La angustia que, luego de hacerlo, suele embargar a quienes se masturban, más que con el acto en sí tiene que ver, justamente, con lo que han tenido que imaginar para concretarlo.

Sigmund Freud afirmaba que, en una relación sexual entre dos, siempre hay por lo menos cuatro personas.

El deseo sexual en la gente no es un instinto ni una necesidad: nacido de una tensión y guiado por la fantasía, tiene a la trasgresión como ley interna y a lo imaginario como promotor infatigable. Perseguido por la cultura, despreciado por la medicina oficial y estigmatizado por la religión, el deseo se liga a las personas como la llama a la antorcha, y aunque las consuma, le otorga a cada una su propio resplandor.

Para el psicoanálisis, más que identidad sexual, lo que existe en los “sujetos” (“sujetados” a la palabra) es una disposición perversa (perversión: desviación de la función instintiva).

La palabra perversión no implica un adjetivo moral y designa una figura psicológica. Sólo que adquirió un tono agresivo al popularizar demasiado rápido lo que no era más que un concepto estrictamente técnico.

La humanidad no ha perdonado a Sigmund Freud, por ejemplo, que calificara a los bebés como “perversos polimorfos” (“polimorfo”: que puede adquirir distintas formas sin perder la original). Lo que el psicoanalista había querido decir es que un niño cuenta con tantas posibilidades como zonas capaces de proporcionarle placer. Pero, en verdad, sólo quiso mencionar una virtud o, mejor dicho, una virtualidad de todo niño.

Hay muchas conductas eróticas que pueden llamarse perversas. Dentro de la sexualidad, existe una serie de actos que son denominados placeres preliminares: fellatio, “cunnilingus”, masturbación o goce del orificio anal. Estas acciones contribuirían a que las personas se exciten para llegar, finalmente, a la descarga genital. Pero, en el caso de la perversión, en vez de ser fases preliminares, se instalan como objetivos finales.

Jacques Lacan, el Freud francés, ha dicho que el deseo sexual humano es “un collage surrealista”, algo así como esas obras de arte que contienen cosas insólitas y alejadas entre sí (para definir al surrealismo suele recurrirse a una frase de Lautreamont: “Bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”).

Todas esas variantes, en vez de patologías, configuran la sexualidad. Entonces, si la sexualidad humana está compuesta de una manera tan múltiple, no puede esperarse que el lenguaje, con sus limitaciones, pueda entregarnos una palabra que la defina.


Del amor


Para el psicoanálisis, en una relación entre dos personas, siempre hay algo del amor y algo del sexo. Pero, para que algo del amor pueda sobrevivir, algo del sexo debe quedar inhibido. Y esto, como una ley matemática, se expresa de la siguiente manera: “Cuando en el campo del sexo se avanza más allá del goce imaginado, suele retrocederse en el campo del amor. Y cuando cae el amor y se exacerba lo prohibido, una relación puede volverse insoportable”.

El interrogante es cuál resulta ser el límite y cuándo un goce sexual es “demasiado”. Y la respuesta, entonces, puede ser tan precisa como la pregunta: “El síntoma de que se están sobrepasando los límites, es la angustia. Cuando la excitación se relaciona con la angustia, aparece el límite”.

En “El arte de amar”, Erich Fromm escribió que si el amor erótico no es la vez fraterno, jamás conducirá a la unión, salvo en un sentido transitorio. Para Fromm, la sexología respondía a la ilusión generalizada de una época que suponía que, el uso de técnicas adecuadas, resulta ser la solución no sólo de los problemas industriales, sino también de los humanos. El estudio profundo de los problemas demostraba, para Fromm, que la causa no radicaba en la falta de técnicas sexuales, sino en las inhibiciones que impedían amar.

En 1980, cuando Fromm fallecía en Suiza, otro médico alemán, también de la Escuela de Frankfurt (donde también enseñaron Theodor Adorno, Max Orkheimer y Herbert Marcuse), asumía la dirección del Instituto de Ciencias de la Sexualidad de Frankfurt.

Aquel nuevo director era Volkmar Sigusch, que, recientemente y tras hacer un resumen de sus años de investigación en la casa de estudios, dijo que en los años 70 recibía a un promedio de 150 mujeres por día que se quejaban de anorgasmia. “Diez años más tarde —agregó—, empezaron a visitarme los hombres sin ganas (‘lustlose Männer’), es decir, sin deseo sexual alguno. Y en los 90 llegaron los ‘asexuellen’, mujeres y varones sin sensibilidad sexual”.

En el 2000, finalmente, se presentaron al instituto los que Sigusch llama “Objektophilen” (objetófilos), personas que sólo aman objetos muertos (edificios, autos, barcos, etcétera).

Para Volkmar Sigusch, en Alemania no es un tabú ser homosexual ni vivir en una comunidad (con sexo entre todos) ni masturbarse o practicar sexo anal: “Todos pueden tener tanto sexo como quieran y en la forma que quieran”, escribe. Y agrega: “Pero experimentamos una falta de deseo muy grande. Y hay muchas personas que se encuentran terriblemente solas; se han acostumbrado a comprarlo todo y creen que pueden comprar también el sexo, como si fuera un producto más”.

Sigmund Freud había lanzado una predicción que viene a coincidir con las palabras de Sigusch: “Tal vez habría que familiarizarse con la idea de que conciliar las pulsiones sexuales con las exigencias de la civilización resulta imposible, y de que el renunciamiento, así como en un futuro, la amenaza de ver extinguirse al género humano a causa del desarrollo de la civilización, no pueden evitarse”.

Pero hay que aclarar que, además de la oposición entre cultura y sexualidad, Freud consideraba que si los humanos pudieran superar ese antagonismo y satisfacer su goce, desde ese momento nada podría desviarlos de él.

Reencontrados con el goce, dejarían cualquier otra actividad y sólo se dedicarían a gozar.


Muera el cuerpo


Todos los cambios planetarios son acompañados por enfermedades de transmisión sexual. Si la conquista española llevó la sífilis al Nuevo Mundo, la globalización actual contribuyó a diseminar el sida: los primeros muertos pertenecieron a los Estados Unidos y a África, tardíos beneficiario y víctima del tráfico de esclavos

Pero la globalización presente viene empujada por uno de los cambios mayores de la historia, es decir, el paso de una cultura escrita a otra electrónica. Si los llamados sexólogos abandonaran los supuestos consejos coitales con los que intentan beneficiarse y estudiaran seriamente los modos de comunicación, la humanidad vería la íntima relación que existe entre la sexualidad y el lenguaje.

La aparición del lenguaje hablado (hecho paralelo al del coito frente a frente), hizo que la capacidad craneal rápidamente creciera de 1.000 a 1.400 cm³. Antes de eso, la boca era para masticar y defender la comida. El fenómeno verbal cambió la laringe, transformó la forma de la fila de dientes, creó los diastemas, movilizó la lengua y llevó al beso.

El origen de las palabras explica la sexualidad, porque la lengua suele preceder a las cosas: “venéreo” proviene de venus y de veneno; “coito” llega de co-itum, es decir, de la expresión “haber ido juntos”. Y en cuanto a la sexualidad en sí, el filólogo Eric Havelock, después de haber estudiado profundamente el habla griega, descubrió que la relación amorosa entre efebos y maestros tenía que ver con la transmisión de conocimientos de generación en generación, típica de una sociedad oral.

El “delito” de Sócrates, según Havelock, fue proponer que esa educación se profesionalizara. Hoy, la PC viene a proponer un cambio aún más profundo que los provocados por la escritura y la imprenta. Sven Birkerts (“Elegias a Gutenberg”) dice que, si la transición del libro duró siglos, la electrónica no exigirá más de cincuenta años y afectará los procesos cognitivos y la velocidad de las redes neuronales. Otros van más lejos. Hans Moravec, director del Robot Movie Lab de Carnegie-Mellon, al referirse a un cerebro directa y solamente conectado a la PC, ha dicho: “Y después de todo, para qué queremos tener un maldito cuerpo”.

El movimiento llamado extrópico (en oposición a entropía: pérdida de energía en los sistemas cerrados), a través de su líder Max More, propone la criopreservación del cerebro volcando la memoria a un CD: “No es necesario, como en el caso de Walt Disney —dice More— una congelación integral, si congelas tu cabeza, también salvarás tu culo”.

Cambios de sexo a través de la informática, drogas de diseño, nanotecnología, velocidad de escape, uso de tejidos fetales para remendar el cuerpo, suicidio asistido, madres de alquiler, son algunas de las propuestas extrópicas.

Concretamente, y si alguna vez lo hizo, la sexualidad ya no convoca a los genitales de la mujer y del varón como propuesta central.

Refiriéndose a la sexualidad virtual, la filósofa argentina Esther Díaz ha encontrado una buena manera de definirla a través de un mito clásico. Es sabido que Ulises, ante el canto de las sirenas, decidió escucharlas, pero atado al mástil, para tentarse y gozar, no para implicarse. El Ulises de hoy, mujer o varón, hace lo mismo: se excita amarrado a su PC, pero, temeroso, ya no permite que su cuerpo se involucre con el del otro.

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